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Cualquiera que pasee por las calles de nuestro pueblo, especialmente en la temporada de baños que ahora se inicia, puede observar el desagradable espectáculo de unos contenedores de basura sucios, permanentemente abiertos, con la tapa bien pegada a la pared y exhibiendo descaradamente su interior colmado de desechos. Con cierta frecuencia se encuentran a su alrededor bolsas de basura, escombros o muebles viejos. Todo el conjunto suele destilar un líquido infecto que invade la calle y da al conjunto un aspecto sucio y repugnante. Los días de calor se respira basura. Su olor opresivo y nauseabundo, su presencia constante nos acompaña, llegando a formar parte del ambiente y hasta de uno mismo. Un pueblo que recibe una gran parte de sus ingresos del turismo y que se esfuerza en cuidar y pintar las fachadas de sus casas, en adornarla con plantas, ofrece en sus calles, año tras año, una imagen de suciedad y de insensibilidad ante un problema, el de la eliminación y tratado de las basuras, que preocupa en todo el mundo actual y, en particular, en los países de procedencia de nuestros visitantes. Se les presenta una imagen fea y desagradable del pueblo, que contrasta con su belleza, su sabor y la buena acogida que reciben de sus habitantes. Pero no se trata sólo de un problema estético, sino que es también un problema de higiene, de salud, pues es obvio que un entorno sucio tiene consecuencias a corto, medio y largo plazo sobre la salud de sus habitantes. La responsabilidad de esta situación no es exclusiva de nuestras autoridades municipales. Ante las molestias, los vecinos sólo nos defendemos tratando de alejar lo más posible esa pestilencia de la puerta de nuestras casas y no siempre respetamos los horarios, las norma de recogida de muebles, no tiramos la basura en bolsas, echamos escombros y somos nosotros los que abrimos las tapas de los contenedores y, por comodidad, los mantenemos abiertos. Tenemos la sensación de que la calle no es nuestra, de que lo que se saca y se tira de nuestra casa desaparece, o que queda en un territorio extraño, que no nos pertenece, que no existe. Pero sí existe, queda en los contenedores, en la calle, que es también en cierto modo nuestra casa. No es fácil encontrar lugares en los que la basura esté tan presente. Los ayuntamientos han resuelto de formas diversas la gestión de la limpieza. Desde sistemas complejos en los que la recogida se hace mediante tuberías subterráneas, por los que las basuras circulan mediante corrientes de aire, hasta otros más simples en los que cada comunidad de vecinos saca su propio cubo, lo recoge y se encarga de su limpieza, pasando por otras soluciones en los que los contenedores están enterrados y se sacan al exterior para vaciarlos. En todos los casos, de una forma u otra, los pueblos y ciudades han resuelto la recogida de basuras de forma que éstas no estén expuestas demasiado tiempo a la vista y al olfato junto a viviendas y comercios. Si queremos un pueblo limpio y saludable, si consideramos que la limpieza de una ciudad es uno de los indicadores principales de su desarrollo, de la misma forma que procuramos mantener nuestras casas y nuestros patios limpios, las calles son nuestras y debemos también tenerlas limpias. Todos debemos colaborar, autoridades y ciudadanos, para mejorar la situación actual y para ello es necesario tomar algunas medidas. Las siguientes propuestas van en esta dirección:
En el mundo actual y, en particular, en los países desarrollados entre los que nos encontramos, está aumentando la preocupación por la salud, tanto mental como social o física. Para la salud es necesario un entorno saludable y es, precisamente, la limpieza de la ciudad uno de los elementos con influencia más directa e inmediata en la salud y en la calidad de vida de sus habitantes.
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