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El 21 de octubre de 1805 tuvo lugar frente a las costas de Barbate,
Vejer y Conil la célebre batalla de Trafalgar. Para contribuir a la
efemérides del 200 aniversario de aquel hecho histórico, hemos creído
oportuno rescatar un texto desconocido, salvo para los estudiosos de la
botánica: la Historia Natural del Reino de Granada, escrita entre 1804
y 1809 por el ilustrado Simón de Rojas Clemente Rubio, cuyo viaje científico
se inicia precisamente en Conil. El libro de Rojas constituye sin duda una
magnífica fuente para el conocimiento geológico y botánico de la
provincia de Cádiz y del Reino de Granada, pero es también un
interesantísimo documento geográfico, económico e histórico. Lo que
pretendemos es ofrecer a partir del texto de Rojas, por proximidad, y de
otras fuentes documentales o bibliográficas, en su defecto, una panorámica
sobre Conil al iniciarse el siglo XIX, en vísperas de la Batalla. El
Ducado de Medina Sidonia en el siglo XVIII 1.-
LA VILLA Y SUS HABITANTES
A comienzos del siglo XIX Conil era un pequeño pueblo de señorío
dentro del Ducado de Medina Sidonia. Administrativamente pertenecía al
Reino de Sevilla y a la Provincia y Partido de la Ciudad de Cádiz, de
la que distaba “seis leguas por la costa”.
1.1.-
Aspecto urbano de Conil.- Rojas ofrece algunos datos sobre el origen
pesquero de la villa, en la baja Edad Media, y sobre la repoblación señorial
del siglo XV. Después, continúa Rojas, los duques de Medina Sidonia “hicieron
el Castillo y Población que rodea la Torre y después cercaron el
Pueblo con murallas y a trechos algunos cubos y baluartes, con cuatro
puertas”, aspecto que todavía conservaba Conil al iniciarse el
siglo XIX. Este pueblo- según Rojas-, está situado “sobre el
declive de una colina de piedra franca, que llaman tosca. Esta piedra
forma un banco sumamente grueso que los naturales cortan para sacar de él la piedra con la que
edifican”. Bajo la
piedra y a poca profundidad “se encuentra siempre agua... Los
mismos canteros abren los pozos, de los que cada casa tiene uno” . Conil
en 1727, setenta y ocho años antes de Trafalgar (Archivo Ducal de Medina
Sidonia)
En 1804, según Rojas, Conil tenía 4.000 habitantes y 450 casas. En su
recorrido por el núcleo urbano nombra los edificios más emblemáticos
de la población: el Castillo, la Chanca, la Parroquia, el Convento, la
Misericordia, el Hospicio Viejo, una Casa de expósitos y tres ermitas
(Espíritu Santo, Capilla de Jesús y la Vera Cruz). Sólo describe la
Misericordia, en donde ubica algunos buenos cuadros como el de San
Francisco de Paula o los Santos Juanes, hoy en la Parroquia. En el
antiguo Convento destaca también el lienzo de la Huida a Egipto,
actualmente en la Misericordia. De la Capilla de Jesús describe el
retablo de la Virgen de Guadalupe.
Rojas nombra también las Casas Consistoriales y la cárcel, “que
son muy malos edificios”, el Molino de Viento, “sin uso,
junto al pueblo”, la Carnicería y la Alhóndiga, que “son
del Duque”. Había también “seis tiendas o tabernas de
particulares en que se vende vino, arroz, etc”. Y deja constancia
de la existencia de la Fuente Nueva, “una fuente de agua buena y
abundante, en la que está el único paseo con siete canapés
semicirculares”, tal como podemos ver en las fotos antiguas de
mediados del siglo XX. Junto al pueblo hay “un caño (que llaman río)
casi pegado a las casas”.
Unos dos tercios de la población vivía todavía dentro de la muralla,
en la parte baja del pueblo, que era la mejor pero sólo tenía “dos
malas plazas y malas
calles, aunque empedradas” con
viviendas de una sola altura y “casi todas tienen un sobrado para
guardar los granos; sólo hay seis casas de dos altos”. Rojas añade
que “la piedra se descubre en algunas calles por no estar cubierta
de tierra alguna”. En la mayoría de las casas vivían “tres
y cuatro vecinos”, es decir, se trata de casas-patio con más de
diez habitantes de promedio. El otro tercio de la población habitaba ya
en barrios extramuros, principalmente en cortijos y chozos. Estos
barrios de la parte alta del pueblo, surgidos desde mediados del siglo
XVIII, tenían “casas muy miserables: cada cuatro casas rodean o
circunscriben una plazuela común, y el conjunto está cercado de pitas
y tunas; prados y campos suelen mediar entre estas casas” .
1.2.- La población.- La cifra de 4.000 habitantes parece creíble,
aunque no el número de vecinos que da Rojas (1.100), quizás algo
exagerado. Las fuentes de que disponemos aportan información de
procedencia diversa sobre vecinos (cabezas de familia), feligreses (¿mayores
de 7 años?) y habitantes, con datos a veces contradictorios. La
tendencia al crecimiento parece en todo caso indudable, sobre todo en
los años centrales de la centuria. EVOLUCIÓN
DE LA POBLACIÓN DE CONIL, SIGLO XVIII
La epidemia de tercianas o paludismo de 1786 marca un retroceso, que refleja el censo de Floridablanca (quizá demasiado a la baja), pero la pérdida de vitalidad demográfica venía de unos años atrás, como ponen de manifiesto los registros parroquiales. Éstos corroboran el crecimiento de los años centrales del siglo y apuntan una disminución del mismo durante los años 70 y 80 (disminución de nacimientos e incremento de defunciones), con posterior recuperación en los 90, y estancamiento de la población en el cambio de siglo. El año de la batalla de Trafalgar marca el mínimo de nacimientos de toda esta etapa.
Se
trata de una población con altas tasas de natalidad y de mortalidad
(sobre todo infantil, superior a 400 por mil a fines del XVIII), y una
baja esperanza de vida. Hay un claro predominio de la población joven,
pero se observa un progresivo envejecimiento durante el último tercio
del siglo, como ponen de manifiesto los Censos. POBLACIÓN
DE CONIL, POR EDADES, SEGÚN LOS CENSOS
El Censo de Floridablanca aporta algunos datos adicionales de interés:
los casados eran el 39% de la población y los viudos el 7,8%. La
población activa era sólo una cuarta parte del total (25,6%, y la
activa ocupada el 21,9%: es decir, había un 14% de parados). La
densidad de población era relativamente alta, más de 40 h/ km2 (la
mayor de la zona, superior a Chiclana).
Sobre
la salud de la población dice Rojas que “el Pueblo es
sumamente sano y no padeció la epidemia (blanco: ¿de fiebre
amarilla de 1800?). De cincuenta años a esta parte parece que se ha
aumentado la población en una mitad”, aunque se hayan camuflado
los datos al Gobierno “por temor de que se les aumentasen las
cargas”. Dice también que “se usa la inoculación de la
viruela, pero sólo hay un niño vacunado”, que “el gálico
no es común” y que les hace mucha falta un Hospital y un
cirujano.
2.-
LOS RECURSOS ECONÓMICOS: LA
TIERRA Y EL MAR
2.1- Agricultura.- Sobre el aprovechamiento de la
tierra, Rojas da sólo una información parcial, por lo que debemos
remitirnos a los datos disponibles del Catastro de Ensenada (1755) y,
sobre todo, al Vecindario y Caudales de los Pueblos del Estado de Medina
Sidonia (1778), que utilizaremos muy a menudo, pues aporta información
muy completa, y mayor proximidad cronológica a la época que nos ocupa.
A comienzos del XIX, el conjunto de las tierras de cultivo debía
sobrepasar ampliamente las 4.000 aranzadas y sumar alrededor de unas
2.000 Has. Algo menos superficie ocupaban los “pastos adehesados y del
común”. Los datos apuntan un fuerte incremento de las tierras de
labor y una disminución del olivar entre 1755-1778. ARANZADAS
DE TIERRAS DE CULTIVO Y PASTOS, CONIL
Los CEREALES seguían siendo el cultivo dominante. La producción de Conil giraba a fines del XVIII en torno a las 20.000 fanegas (17.000 de trigo y 3.500 de cebada), según los datos del diezmo. Rojas sólo dice que se siembran unas 300 aranzadas que pertenecen a 46 “pelantrines o pegujareros, que las labran por sí mismos, y con ayuda de braceros cuando lo necesitan”, distribuidas en 150 aranzadas de trigo, 100 de saína y 50 de cebada, aunque la extensión de las tierras de labor era mucho mayor. También se sembraban 100 fanegas de habas, para consumo humano (“tarragona”) o para las bestias (haba “cochinera”), que mezclan con paja y saína. A fines del XVIII se aprecia un descenso de la producción cerealística en toda la comarca, como podemos ver en el gráfico.
La rentabilidad del cereal
era escasa, por el sistema de cultivo al tercio. En Conil, además, no
se guardaba a veces el “hueco” del barbecho -según el Vecindario-
por la escasez de tierras de labor para una población en crecimiento y
relativamente “superpoblada” o con altas densidades para la época.
Rojas señala que el alpiste es muy abundante en los campos de cereal
–como en Vejer o Medina- y que su semilla grana al mismo tiempo y se
cría espontáneo y en cantidad en sus campos. Dicho alpiste se separa
del trigo y se exporta, o se muele mezclado para hacer “harina para
el pan de los criados”.
El VIÑEDO se expande a fines del XVIII, quizá en detrimento de las
tierras de labor. El Vecindario señala que las viñas producían en los
años 70 “300
carretadas de ubas”, de las que un tercio se vendían “en
especie, llevándose a los pueblos inmediatos” convirtiéndose el
resto “en caldo de vinos” produciendo 6.000 arrobas. Los viñedos
guardaban “orden en su plantío, ocupando todo el terreno en
hileras” y recibían “todos los beneficios oportunos y a sus
respectivos tiempos”. Un cuarto de siglo después, Rojas señala
que hay en Conil 700
aranzadas de viñas, de diversas variedades, siendo la más común el
Mantúo de Pilas. Una parte de la producción se exportaba y otra se
consumía en el pueblo, una “mezcla de variedades que hacen sólo
arropado y de color, de muy buen gusto”. Dice Rojas que los ricos
no venden más uva que los Moscateles, y tienen más Mollar negro que
Mantúo de Pilas, y que la cosecha de vino ascendía a 250.000 arrobas.
Los datos parecen exagerados, pero expresivos del incremento del plantío
de viñas y la producción de vinos en el último tercio del XVIII e
inicios del XIX.
El panorama del OLIVAR era mucho menos halagüeño. La superficie de
cultivo se había ampliado a 450 aranzadas, que daban sólo “20
arrobas de aceite cada año” desde que les atacó una enfermedad,
llamada “pringue, cochinilla o mangla”.
Un
cuarto de siglo antes, el Vecindario apuntaba que este cultivo recibía
muy pocos cuidados “pues es muy señalado el olivar que logra el
beneficio del arado, limpia de malezas de montes y talas proporcionadas,
por desidia de los mismos dueños y así su fruto es escaso”, por
lo que daban una cosecha completa cada 7 años.
La HUERTA se duplica en el último cuarto del siglo, a juzgar por los
datos de Rojas, aunque su extensión superficial nos siga pareciendo
escasa. Habría 31
aranzadas de huertas, cercadas de pita, en donde cultivan verduras y
“cebada para alcacer”, con pocos árboles frutales, excepto las
higueras, que son muy comunes en las viñas. Cogen –dice Rojas- unas
200 cargas de lechuga cada año. Siembran
nabos, pero no patatas ni “acenorias” (zanahorias). Por su parte, el
Vecindario señala que para poder producir anualmente, las “huertas de
hortalizas” eran beneficiadas con el estiércol, procedente de
establos domésticos o de majadas y rediles de ovejas, “de su orín y
majadeo”. El continuo trabajo y abonado de la tierra haría muy
productivas estas huertas, en relación con otros aprovechamientos agrícolas
de secano. Las arboledas estaban dentro de las huertas, dispuestos sus
árboles “sin orden ni con separación de calidades, cuia cortedad
no llama la atención y se considera como un agregado de dichas
huertas”. Noria
y piscina para embalsar el agua de riego, Huerta del Jardal
La
importancia de la huerta y, sobre todo, del viñedo (exportación) se
acrecienta si aplicamos los criterios de rentabilidad de la época, en
reales por aranzada, que elevarían la importancia de la viña a un
tercio del valor de la producción agrícola local, y la de la huerta
muy por encima de la del olivar, a pesar de su extensión limitada.
Los
baldíos ocupaban a fines del XVIII más de la mitad del término; su
rentabilidad era escasa, pero no quedaban sin aprovechamiento. En 1778 la
superficie de CHAPARRALES de Conil (50 aranzadas) era escasa, como la de
pinar, y “los pocos que hay son saltados, y no hay aplicación a
ellos, porque su leña no tiene más destino que el surtimiento de los
hornos del común, de los arados, algunas vigas para carretas y tablas
para carena de embarcaciones”. La extensión de las tierras de
PINAR era “despreciable”, 17 aranzadas según el Vecindario, y se
recomendaba seguir el ejemplo de Chiclana, que sacaba rentabilidad a sus
extensos pinares por su “fácil transporte a la bahía de Cádiz,
donde como leña lo venden y surten a los navíos”, con lo cual se
aprovecharía el terreno de Roche “que por ser arenoso, de
chinalejo y barroso goza de la cualidad adequada a los pinares”.
El extenso pinar actual no se empezará a plantar, sin embargo, hasta
fines del siglo XIX.
Las
actividades de RECOLECCIÓN en baldíos y montes debían constituir la
ocupación de muchos parados y braceros, durante ciertas épocas del año.
Rojas señala que hacen
anualmente unas 100 arrobas de carbón (sus pinos “no sirven para
otra cosa, pues es muy mala su madera”). Los pobres cogen la grana
de la carrasca a fines de abril y en mayo, en cantidades muy variables.
También cogen palmitos y apio espontáneo, que también exportan o
comen, y recolectan el romero y otras plantas, para venderlo. Tienen las
alcachofas espontáneas (que no cultivan), cuya hoja y frutos tiernos
comen. Los niños y los viejos se dedican a coger espárragos y
tagarninas, que venden en la plaza: para el consumo prefieren el espárrago
triguero, y el blanco lo exportan. En Conil, dice Rojas, “no hay
cazador de oficio”, pero sin duda que la CAZA era otro
aprovechamiento no despreciable de los baldíos y montes del término.
Rojas hace también una extensa relación de las plantas del término, y
nombra más de 120 especies en flor y otras 30 sin ella (marzo de 1804),
además de algunas especies animales de su costa o sus diferentes tipos
de rocas. Pero no entraremos en ello.
2.2.- Ganadería.- De la ganadería estamos peor informados.
Sabemos que proporcionaba materias primas, alimentos y que era
imprescindible para la agricultura y el acarreo. A mitad del XVIII, había
en Conil casi 8.000 cabezas, destacando el bovino y el ovino.
Rojas no dice nada de las DEHESAS, pero en 1778 había en el término
unas 4.000 aranzadas de “pastos adehesados y del común”,
equivalentes a más de una quinta parte del término. Las dehesas eran
seis: 2 boyales concejiles (Dehesa de la Villa y El Lanchar), para los
ganados de labor de todo el vecindario, una de caballos y potros (El
Prado), otra yeguar (Roche y Pradillo), una concedida como arbitrio
permanente (Pamplina), que se arrendaba, y, finalmente, una particular (Jandilla).
El sobrante de la Dehesa de la Villa (La Vega de la Dehesa) se arrendaba
para labor en beneficio de los Propios; en El Pradillo también había
tierras de labor, que se abrían al pastoreo recogida la cosecha; y había
igualmente cultivo en El Prado, en llanuras y vegas. Las mejores tierras
para el ganado eran la Dehesa de la Villa y El Prado. El terreno de la
primera era “de toda bondad, llano, enjuto y el más pingüe en
yerbas, adornado de monte pardo baxo”; y aunque el segundo era “bastante
frío y desabrigado, por carecer de monte baxo y alto, la yerba que
produce es sustanciosa y de particular virtud nutritiva, que se atribuye
a las muchas sales”.
Dehesas
ganaderas, baldíos y tierras de cultivo, hacia 1800
Los datos de Rojas apuntan a una notable disminución de la cabaña
ganadera a fines del XVIII, o a una fuerte ocultación. La expansión
del cultivo entre 1755-78 se había realizado a costa de una disminución
parcial de la dehesa, como hemos visto, pero no parece creíble la
desaparición del ganado lanar, ni tampoco la drástica reducción de la
cabaña. ¿Contabiliza
Rojas todo el ganado, incluido el que pastaba en Vejer?. CABAÑA
GANADERA DE CONIL, SIGLO XVIII
2.3.-
La pesca.- Almadrabas y jábegas seguían siendo a fines del XVIII
los principales artes de pesca de Conil. Dice erróneamente Rojas que
“no conocen otros”, y añade que sólo se pesca en el mar, no en el
río, con 13 barcas. La pesca de la sardina con JÁBEGA era sin duda la
principal, después de la del atún. “Viene la sardina por enero, y
también por febrero (este año vino muy poca) y la llevan los arrieros
a Cádiz”. Pasada la Almadraba tienen los matriculados la facultad de
pescar atunes, “dándole al Duque una cuarta parte. Suelen pescar con
sus jábegas unos 500 atunes, y a veces hasta 1.000”.
Inspección
de una jábega (Juan Carlos Arbex) MATRICULADOS
Y EMBARCACIONES DE CONIL, SIGLO XVIII
Según la Matrícula de Mar de 1786, entre la treintena de
embarcaciones, había en Conil “12 barcas de jábegas corrientes,
palangres, cazonales y redes de a pié”, dando ocupación y
beneficios crecidos a más de 200 arrieros, entre conileños y
forasteros, que acudían a cargar pescado. Las embarcaciones llegaron a
ser 31 en 1795, aunque tras la derrota del Cabo
San Vicente se habían reducido a 25, según la Inspección de
matrículas, con toda seguridad por la disminución de matriculados.
Pensamos que en 1804, sólo seis años después, el número de
embarcaciones no podía haberse reducido a la mitad, como señala Rojas,
sin contar las embarcaciones destinadas al servicio de la Almadraba, que
eran 14. Rojas también deja constancia de actividades de marisqueo,
pues dice que iban a buscar lapas, morcillones, caracolillos y erizos a
los cabos de Roche y Trafalgar.
La
ALMADRABA era la pesca más importante de Conil y es una de las
actividades económicas mejor documentadas. La pesca del atún era
propiedad exclusiva del duque de Medina Sidonia, y seguía calándose en
sus sitios tradicionales de Conil y Zahara. La de Conil era a fines del
siglo XVIII la más importante almadraba de tiro de España. Sobre ella
existen descripciones de Pérez de Ayala (1782), Sáñez Reguart (1791),
Antonio Ponz (1794) y el mismo Rojas (1804), que no aporta nada nuevo.
La más completa es sin duda la de Reguart, que describe la forma de
pesca, artes, embarcaciones, personal y salarios, organización de la
pesquera y otros aspectos, por extenso y en detalle.
Rojas dice que la almadraba se hace “delante de Conil”. En
ella intervienen 9 barcos en el mar “que cercan y calan el atún”,
más otro barco más que “lo enreda y lo lleva a tierra, tirando de
la cinta gorda más de 200 hombres”, con otros 4 barcos en tierra.
La almadraba se preparaba, como siempre, con tiempo. Rojas señala que “tres
meses antes de comenzar la pesca se emplean mucho en preparar los
instrumentos de ella”, para que todo esté a punto a mediados de
mayo. Casi la mitad de sus empleados, pescadores y otros trabajadores,
serían de Conil, pero acudían también hasta 250 hombres más, entre
ellos 150 “paraleros”, que permanecían 50 días en la
almadraba. Rojas dice que aunque “antes hacían este trabajo los de
Conil”, desde hacía unos años se los iba a buscar a Málaga (Estepona,
Marbella y Manilva), y en los dos últimos vinieron de Portugal. Esto
podría deberse a conflictos entre los conileños y el Duque, de los que
hablaremos en la segunda parte de este trabajo. La ganancia de los
paraleros (trabajadores de playa) era de 5 reales, 3 libras de pan y las
huevas de los atunes. Otros “100 aventureros acuden sin ajuste a la
pesca y suelen alcanzar 2 reales diarios cuando hay que trabajar y
siempre 3 libras de pan muy malo”, para cada uno, al objeto de
tenerlos retenidos en la playa. Repite el tópico de que se trata de
gente pícara y pendenciera. La llegada de tantos temporeros y de mucha
gente de los pueblos vecinos que acudían a esta “diversión” hacía
aumentar, dice Rojas, la “carestía” en el pueblo.
La pesca del atún “es muy eventual”, y aunque en Conil se
pescó en años pasados hasta 15.000 atunes, pero el año 1803 se
cogieron sólo 7.000 (un mal año, según Rojas). Su comercialización
estaba en manos de valencianos y catalanes, que se llevaban dos tercios
de la pesca, descargando parte de ella en los puertos mediterráneos de
Málaga, Almería y Cartagena. Al
Duque a Madrid iban 25 arrobas de atún, que también se vendía en Cádiz,
Sevilla y otras partes. Los ingleses, dice Rojas, “compran algo y
lo suelen pescar o robar ya pescado” . Desde 1780, España
reinicia sus hostilidades contra Inglaterra y hay noticia de que en
1797, el año de San Vicente, los “corsarios ingleses”
causaron daños en las almadrabas de Conil y Zahara. La inseguridad
costera, que parecía superada desde mediados del XVIII, vuelve a
padecerse en época de conflictos. Según
Rojas, la Almadraba de Conil rentaba
al duque “30.000 pesos unos años con otros, deducidos los grandes
gastos que le cuesta”, dado el elevado número de trabajadores que
emplea (400-450 hombres, según Sáñez Reguart). Los beneficios
equivaldrían a 1.500.000 de reales. En informe de 1804, el comisionado
regio Felipe
de Orbegozo estimaba que las 15 almadrabas españolas de entonces producían
2.000.000 de reales a sus dueños, dando ocupación a 2.000 hombres, “la
mitad de ellos en Conil y Zahara, 800 en la pesca y 200 en las chancas
de salazón”, lo que
viene a certificar la importancia comparativa de las almadrabas atlánticas
sobre las levantinas, aquellas de buche y alguna de monteleva. Almadraba
de tiro (Duhamel de Monceau)
2.4.-
Industria.- La CHANCA del Duque sequía siendo la industria emblemática
de Conil. El atún se trabajaba como siempre: se colgaba a desangrar, se
ronqueaba y troceaba en piezas más menudas, se salaba y se embarrilaba.
Pero no todo el atún pescado se trabajaba en la Chanca. Primero se
subastaba en su puerta y “cuando la puja última no acomoda queda
el atún para el Duque”, es decir, se introducía en la fábrica
para salarlo. Rojas distingue entre lo magro del atún (“toñina de
lomo”) y lo graso (“de ijada”), sin más. Rojas describe el edificio de La Chanca señalando sus diversos almacenes (para sal, pertrechos, barriles, maderas, carretas, barcas) y otras piezas (para alojamiento, panadería).: “es un gran patio rodeado del largo almacén de los aventureros, en el que se componen las redes y los demás aparejos, con otro igual en frente de este en que se deposita una enorme cantidad de sal para venderla a los compradores del atún, sacada de las Salinas del Duque, y otro almacén menor que contiene las redes y cordaje de la almadraba, con algunos (...) en que se hacina el atún ya salado y una casa en que se reparte el pan, otra pieza en que se trabajan las maderas de remiendo de barcas y la que habita el que cuida el Edificio. A un lado de este gran patio se guardan 30 carros que sirven a su tiempo para llevar el atún desde la playa. Se mantiene una manada de cien bueyes que solo sirve para arrastrar los carros en la temporada de la pesca. Alrededor de otro patio más chico que prolonga el edificio hay algunos otros (...) y el cubierto con dos series de arcos en que se guardan las barcas”. Nada dice de las pilas de salazón (que eran 21, según Sáñez Reguart). Así pues, en la Chanca trabajaban carpinteros de ribera y calafates, rederos, ronqueadores o cuchillas, saladores o saladoras, mozos de pilas, panaderos, ayudantes diversos y personal de administración y servicio, que sumaban como dijimos unas 100 personas en temporada.
Rojas
dedica más de 4 páginas a la famosa MINA DE AZUFRE de Conil (el motivo
de sus 2 visitas al pueblo, en 1804 y 1809), ya “olvidada” por los
naturales, distante “una legua y un cuarto” de la población. Hacia
1760 –cuenta Rojas- se comenzó a beneficiar la mina por la Real
Hacienda, “construyeron el edificio de fundición y alojamiento y se
comenzó a trabajar con mucho lucro”. El azufre se enviaba a la
Carraca y a Cádiz, pero la falta de leña hacía muy costosa la
empresa, que se abandonó en 1764. Permaneció abandonada la mina hasta
los años 90, cuando don Francisco Molina fue enviado para sacar
“muestras de ella... bellos cristales de azufre” que en seis
cajones, de más de 12 muestras cada uno, se remitieron a Madrid. Varios
ejemplares o muestras quedaron en poder de los trabajadores y curiosos
del Pueblo, la mayoría de los cuales fueron a parar a Cádiz. Los
cristales, que el mismo Rojas pudo extraer personalmente, eran
“octaedros bastante prolongados y de tamaños muy diversos”. Ya en
1809, en su segunda visita, da noticia de que la Guerra de la
Independencia había obligado a pensar en reabrir la Mina de Azufre,
ante la escasez de municiones, para lo que fue comisionado don Antonio López
de Haro, que inició los trabajos tendentes a levantar una Fábrica,
aunque Rojas piensa que la Mina, “famosa en Europa por los bellos
cristales que se ven en los Gabinetes” seguirá siendo poco rentable,
por lo “costoso y difícil de su aprovechamiento... y lo muy
diseminado del mineral”.
2.5.- Comercio.- Los principales mercados de la numerosa trajinería
conileña eran Chiclana, la Isla y, sobre todo, Cádiz. Rojas dice que
había en Conil 100 arrieros “que andan con borricos y mulos. No
transportan nada con carretas, aunque las tienen para sus negocios en el
término”. La razón de ello, aparte de la propia pobreza de esta
ARRIERÍA, habría que buscarla en el pésimo estado de los caminos, que
los hacía impracticables para los carros. Sólo a partir de Chiclana
mejoraba su estado. Era un tráfico dedicado casi exclusivamente a
productos primarios. Sabemos que casi a diario los de Conil llevaban a
Chiclana trigo, carbón, pescado y otros productos. También, dice
Rojas, se iba a vender a Chiclana la leche de dos hatos de cabras
(quedando la del tercero en Conil), pero los cabritos se llevaban a Cádiz.
También a la capital y a la Isla iban a vender cebada, todo el
Moscatel, mucho Palomino “muy temprano” en Conil, Mantúo y
Uva de Rey. A Cádiz iba también buena parte de la pesca (sardinas) y
los productos de recolección (grana, palmitos, apio, tagarninas y
romero, que se embarcaba para América, así como otras yerbas para los
boticarios). El alpiste se llevaba para Algeciras y Málaga, de donde
provenían la mayoría de las pasas. Los higos secos venían del Condado
de Niebla. Sobre otros productos importados (arroz, paños, etc), da
pocas noticias.
En
Conil se echaba en falta navegación de cabotaje. En el Vecindario
(1778) leemos que si
el río Salado fuese acondicionado, como el Barbate, la población ganaría
mucho aumentando “en el Gremio de su Matrícula, porque aunque es
bastante extensa con respecto al vecindario, como no tiene más destino
que el de la pesquería, y esta escasa, no logra el incentivo que da de
sí la profesión, para acogerse a ella, faltando como le falta el ramo
de la Navegación, Tráfico y Comercio,...”, cuya existencia
–dice- beneficiaría también la agricultura, como pasa en Tarifa,
Estepona, Marbella o Málaga, donde el desarrollo del comercio y el
transporte marítimo es fuente de riqueza.
Para
terminar, no debemos olvidar el CONTRABANDO, que se introducía por el
Cabo Roche, pero sin duda también por la traginería, desde Gibraltar,
ocupación antigua y lucrativa, que Simón de Rojas sólo nombra.
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