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LA
LAJA viene llamando la atención sobre el problema del Campo desde 2002.
En reiteradas ocasiones hemos pedido que se aborde el desorden
territorial existente. El tema requiere, sin duda, respuestas globales
pero también individualizadas, dada la diversidad de situaciones. Somos
conscientes de que la construcción ilegal es un problema que desborda
el ámbito local, pero ello no exime de responsabilidad a los
Ayuntamientos, que tienen las competencias directas sobre la planificación,
la gestión y la disciplina urbanística.
1.
LAS VIVIENDAS ILEGALES EN ANDALUCÍA
En
julio de 2000, el Defensor del Pueblo Andaluz (DPA) presentó ante el
Parlamento regional un Informe especial sobre el tema Las
urbanizaciones ilegales en Andalucía. El documento, políticamente
“neutral”, fue realizado principalmente en base a las informaciones
suministradas por las distintas Administraciones implicadas
(Ayuntamientos, Diputaciones y Junta de Andalucía). El Defensor del
Pueblo llamaba en él la atención sobre este grave problema, planteaba
la necesidad de abordarlo cuanto antes y sugería la conveniencia de una
Ley regional sobre el tema. En este artículo hemos tenido muy presentes
el análisis y las conclusiones de dicho Informe. 1a. La urbanización ilegal y su problemática El
Informe que comentamos parte de la definición de “urbanización
ilegal”, concepto que englobaría las parcelaciones ilegales y las
urbanizaciones surgidas en el medio rural sin planeamiento previo o
al margen de él, pero también aquellas que tienen planes parciales
aprobados sin cumplir. La
problemática que generan las urbanizaciones ilegales en Andalucía es
de una gran envergadura y afecta a buena parte del territorio, de manera
muy especial al litoral, que está sufriendo –en palabras del Defensor
del Pueblo- una verdadera “hecatombe ecológica, debido al exterminio
de sus valores paisajísticos y naturales”. Los problemas a nivel
general son, en síntesis: · la ocupación o usurpación de muchos espacios públicos por particulares (caminos y vías pecuarias, cauces, borde litoral, monte público...) · el deterioro medioambiental, pues muchas de estas urbanizaciones están ubicadas y ocupan lugares de gran valor paisajístico · los problemas sanitarios derivados (fosas y pozos negros, vertidos, contaminación...) que afectan a la población residente y no residente · la vulneración de derechos constitucionales reconocidos (derecho a la salud, a la protección del medio ambiente...)
Se
trata de un problema complejo pues, aunque tenemos una legislación
sobre estas cuestiones, lo que ha fallado es “el sistema mismo, esto
es: la planificación, la gestión y, sobre todo, la disciplina urbanística”,
según el Defensor del Pueblo.
Todas
las administraciones –regional, provincial y local- son o dicen ser
conscientes de la problemática. La Consejería de Obras Públicas y
Transportes, última responsable, se excusa diciendo que sus líneas de
actuación desde los años 80 han sido tres: a) hacer que los municipios
se doten de planeamiento urbanístico; b) elaborar los planes especiales
de protección del medio físico; y c) iniciar la elaboración de planes
sub-regionales de ordenación. En el tema concreto que nos ocupa, en el
año 2000 se habían realizado acuerdos con los dos únicos
ayuntamientos que lo habían solicitado, Chiclana y Carmona, que estaban
sirviendo de modelo o “directriz”. Por su parte, las Delegaciones
Provinciales de Obras Públicas reconocen no tener un censo actualizado
de las urbanizaciones ilegales (lo más actualizado es el Inventario de
1988) ni datos sobre su población residente. Sin duda, es precisa una
mayor implicación de la Consejería y de sus Delegaciones en la solución
de este grave problema. 1b.
Lo que dicen los Ayuntamientos Los
Ayuntamientos andaluces, administración competente en el tema,
respondieron mayoritariamente al cuestionario remitido por el Defensor
del Pueblo. Se interesó a 251 ayuntamientos, con población superior a
5.000 habitantes o con territorio de costa en su término. Respondieron
225 municipios (90%). Las respuestas que han podido ser cuantificadas
quedan recogidas en el cuadro:
La
mayoría de los Ayuntamientos encuestados cuenta con urbanizaciones
ilegales en su término, pero muchos carecen de datos sobre la población
residente en ellas. La gran mayoría apuesta por su regularización y
una tercera parte dicen haber adoptado ya medidas en dicho sentido. Casi
la mitad de los municipios se reconoce incapaz de asumir la disciplina
urbanística y la gran mayoría piensa que la Junta debería ejercitar
“la acción pública o actuar por subrogación” en este tema. Lo que
resulta inadmisible, según el DPA, es que muchos de los que confiesan
tener conocimiento de las infracciones no hayan dado cuenta de ellas a
la autoridad judicial, como es su obligación. De los 30 Ayuntamientos gaditanos a los que se preguntó 28 respondieron, mejor o peor, a la encuesta del DPA. Conil fue uno de los 5 municipios costeros que no se esforzó y/o no colaboró, junto con El Puerto de Santa María o Sanlúcar, éstos dos últimos entre los más corruptos de la provincia. Hemos intentado conocer las Respuestas de Conil, pero el Ayuntamiento no nos las ha facilitado, ni tampoco información actualizada sobre el tema. El Ayuntamiento tampoco tuvo mucho interés en colaborar con el Defensor del Pueblo Andaluz, lo que no se entiende, ni puede justificarse.
1c.
Las causas de la ilegalidad en la provincia de Cádiz La Diputación de Cádiz señala que el “proceso urbanizador descontrolado e ilegal” se ha incrementado desde 1988. Sus causas son múltiples y variadas, pudiendo destacarse a su juicio las siguientes:
La
Diputación se excusa señalando que las “competencias directas y
ejecutivas” deben ser asumidas por los Ayuntamientos, y que el papel
de las Diputaciones se limita a prestar apoyo técnico y jurídico, pero
no “el uso de la acción pública en defensa de la legalidad urbanística”.
La política que se sigue es la de colaborar con los Ayuntamientos que
lo solicitan. Se están realizando –dice la Diputación- estudios
pormenorizados, pero en el año 2000 no se habían firmado aún
convenios de colaboración (!?).
2. CONIL DE LA FRONTERA, UN POCO DE
HISTORIA
La ocupación humana del espacio rural de Conil de la Frontera es muy antigua y se remonta a la prehistoria. Pero, contra lo que se cree, la actual estructura demográfica y territorial del campo de Conil es una creación reciente. Durante
toda la Edad Moderna (siglos XVI al XVIII), el porcentaje de población
estable residente en el diseminado fue muy escaso. Aunque existían
tierras de propiedad particular en diversos pagos del término (La Campiña,
Vega del Río Salado, Fontanilla, Mayorazgo, Buena Vista o Vega
Apreciada), todavía a fines del s. XVIII más de las tres cuartas
partes de las tierras del término eran propiedad pública-municipal: el
gran baldío de Roche, las dehesas de Pamplina, el Lanchar e Hinojeras,
El Pradillo, La Dehesa de la Villa y El Prado. Se cultivaba, se
pastoreaba o se recolectaba, pero terminada la jornada la mayoría de la
población regresaba a la villa para pernoctar. El crecimiento demográfico
de la segunda mitad del XVIII se tradujo en “hambre de tierras”,
dada la pequeñez del término y el predominio de una población
jornalera muy pobre (80% de los vecinos). 2a. El siglo XIX: la “lucha
por la tierra” y la desamortización El
reformismo ilustrado y, sobre todo, la revolución liberal, abordaron el
problema con sucesivos repartos, entre 1770 y 1850, sobre tierras
comunales y baldíos. Dichos repartos afectaron a 406 suertes de tierra,
de pequeña cabida (salvo Las Zorreras), situadas en su mayoría en el
“rodeo” de la villa o sus proximidades (radio menor de 2 km): la
Dehesa de la Villa fue la principal afectada, pues fue repartida en 208
suertes (81 de ellas en la Vega de la Dehesa). Las Zorreras fueron también
desgajadas de la Dehesa de la Villa y, aunque fueron repartidas en pequeños
lotes en varias ocasiones, terminaron en manos de la burguesía local.
También hubo repartos en Roche (69), Marcos Caña (38), etc. Las
suertes repartidas en zonas alejadas del núcleo fueron escasas,
destacando Cañada del Taraje (20). Las restantes se distribuyen en 15
localizaciones diferentes (Arroyo Olvera, Salero, Pradillo...). A
mediados del siglo XIX, un tercio de las tierras repartidas habían
cambiado ya de manos (los más ricos compran a los más pobres), dándose
una concentración creciente de la propiedad y la consolidación de
una burguesía agraria local. La
Ley Madoz de 1855 concluye el proceso desamortizador del siglo XIX con
la subasta y venta de los bienes de propios, producida en Conil entre
1856 y 1861. Estas tierras, situadas en la zona este del término,
fueron divididas en lotes medianos o grandes y pasaron a engrosar el
patrimonio de los ganaderos ricos, sus antiguos beneficiarios o
arrendatarios, afianzando la posición de la burguesía agropecuaria
local. Sólo quedó por privatizar el gran baldío de Roche. A pesar de
ello, según un Informe municipal de 1861, en la Dehesa había roturadas
178 suertes (y no 69): en Majadales (39), Peñuelas (39), Roche Viejo
(37), Chinalejo (29), Cerrillo del Río (29) y Río Roche (5). La
situación, según señala el Informe, tenía su origen principal en los
repartos de 1837 y en roturaciones arbitrarias realizadas desde 1850
(con un máximo de 64 en 1853). Se contabilizaron 28 chozas de paja, 4
chociles y 4 casas. Por entonces apenas había pinos en la Dehesa, que
se comienza a repoblar desde fines del s.XIX.
El
proceso descrito fue creando la estructura minifundista característica
de Conil, sobre antiguas tierras comunales, de propios y baldíos. A
fines del siglo XIX, el predominio de los cereales y la ganadería
extensiva era aplastante, desaparece el viñedo (plaga de la filoxera) y
el olivar es cada vez más escaso. Las tierras plantadas de hortalizas y
legumbres representaban sólo 14 hectáreas. De los casi 1.500
individuos del padrón de contribuyentes sólo contribuían 438 y, de
ellos, apenas 46 vecinos tenían una contribución significativa. La
miseria jornalera, que no resolvieron los repartos, irá generando una
renovada presión sobre la tierra desde fines del siglo XIX y, sobre
todo, desde comienzos del siglo XX.
Como podemos ver en el cuadro, en 1900 vivían en el campo de Conil 458 personas (8% sobre los 5.579 habitantes del municipio), distribuidas en diversos “caseríos” del término, la mayoría de ellos distantes entre 4 y 6 km del núcleo urbano. Las viviendas construidas eran sólo 72 (16% del total), aunque había también otros 205 edificios rurales (albergues, chozos...). La densidad de población era entonces de 64 h/km2. Durante
el siglo XX, la población de Conil inicia, como en otras muchas
localidades, una expansión sin precedentes (descenso de la mortalidad,
por mejoras económicas y sanitarias, con persistencia de una alta
natalidad). El norte del Monte Público de la Dehesa de Roche, inscrita
en el Catálogo provincial de Montes con el nº 16 en 1897, va siendo
ocupado por más de 100 familias de labradores pobres, que fueron
desmontando y roturando más de 150 hectáreas de terreno, abriendo
pozos y construyendo sus humildes viviendas. La cuestión no era fácil
de resolver. Desde 1907 se aprecia una mayor preocupación de la
Administración por la suerte de las clases jornaleras, que se refleja
en la Ley de Colonización o el incremento del gasto social municipal
(beneficencia, obras públicas e imprevistos). En 1918 se publica el
Reglamento para aplicación de la Ley de 1907 y, en 1923, el
Ayuntamiento de Conil afronta el problema, solicitando la legalización
de los enclavados y la segregación de parte de la Dehesa, para
repartirla entre los labradores pobres que la tenían roturada,
argumentando el ambiente de conflictividad social y razones de justicia
social. 2b.
La etapa de colonización agrícola, 1920-1960
La configuración de este espacio rural se produce en tres momentos sucesivos:
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HÁBITAT RURAL EN DESAPARICIÓN |
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| Casa en El Pradillo | Pozo tradicional |
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| Antigua casa en La Vigía | Noria |
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| Vivienda en Casa de Postas | Cortijo en El Prado |
Desde
los años 70 empiezan a extenderse también los usos turísticos del
Campo, y la superficie agraria comienza a disminuir en beneficio de
otras superficies. Entonces, se comienza a desarrollar la urbanización
de Roche (segregado del Monte Público en 1963, junto con los terrenos
de la empresa municipal ROSAM), y empiezan a proliferar también de modo
anárquico, sin planeamiento, viviendas de primera y segunda residencia.
Una década después, los usos no agrícolas englobados en “otras
superficies” (zonas edificadas, ríos, caminos...) habían pasado del
5% al 15% del territorio, frente al 49% agrícola (Censo Agrario, 1982).
En las dos últimas décadas (desde los años 80 a hoy), la construcción
de viviendas y la intensificación agrícola son procesos que han ido en
paralelo.
En
el mapa de parcelación de 1974, la zona del minifundio (parcelas
menores de 5 has) se distribuye principalmente a ambos lados de la
carretera N-340, Cádiz-Algeciras. Este espacio minifundista (con
algunos capitales considerables, aunque dispersos, y un importante número
de propietarios de más de una parcela) viene a coincidir con las áreas
que hoy padecen el problema de la proliferación de viviendas fuera de
ordenación, el tema que nos ocupa, que afecta a una parte de las
mejores tierras agrícolas y forestales del término. Así pues, sobre
un importante poblamiento agrario en diseminado, de reciente creación,
se ha ido solapando la segunda residencia o vivienda en alquiler. El
proceso de sustitución de huertas por viviendas y negocios de alquiler
ha continuado imparable hasta el presente.
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Proliferación de viviendas y negocios de alquiler y venta en Las Parcelas de Roche |
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El caso de Las Parcelas es fiel reflejo de un proceso general de parcelación y edificación ilegal que se desarrolla desde los años 80. Caducadas las concesiones en 1969, el Ayuntamiento decidió prorrogarlas por 5 años y así ha sido hasta hace poco. Algunas de dichas parcelas tuvieron que ser retiradas a sus adjudicatarios por incumplimiento del contrato, y replantadas de pino piñonero. Son de todos conocidas las “muchas irregularidades en la titularidad de la posesión y en el destino actual..., extrañas a su uso agrícola”. Se han realizado “contratos privados de venta de porciones hereditarias que no existen legalmente y las parcelas se han dividido materialmente entre hijos, nietos y extraños, en algunos casos en más de 20 porciones” (F. González Ureba). Por iniciativa municipal, Las Parcelas se han privatizado recientemente, al precio simbólico de un euro, “amparando situaciones de picaresca o de dudosa legitimidad”, sin tener presente que eran “patrimonio común de todos los vecinos de Conil”.
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