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Numerosos
historiadores de la Antigüedad han preconizado tradicionalmente que el
mundo antiguo es un universo rural controlado desde los núcleos
urbanos. En la ciudad reside el poder político, se elevan los templos,
prosperan los mercados estables, bullen las ágoras y los foros con el
trajín de la vida cotidiana. Y en todos estos espacios lo público se
manifiesta como el estandarte de una sociedad organizada.
A las ciudades llega la producción del campo, y desde ellas se
distribuyen o redistribuyen los productos de primera necesidad, ya sea
en forma de donativos ofrecidos
a la población por los potentados, trueque, compra-venta o comercio al
por mayor. El protagonismo histórico en la Antigüedad, pues, pertenece
a lo urbano.
Sin embargo, debemos recordar el dato que el eminente historiador
británico Keith Hopkins (famoso por aplicar los métodos de la Sociología
al estudio de la Historia) nos ha proporcionado recientemente: que el
90% de la población total de aquellos lejanos siglos vive en el campo,
dispersa en una miríada de poblados, aldeas y alquerías que, por
ejemplo, en los textos grecolatinos, aparecen bajo la denominación de pagi,
castellae, turres... Tales núcleos de habitación, por
ser rústicos, no tenían por qué hallarse en el interior:
perfectamente podían ubicarse en la costa (el mar fue, en el imaginario
romano, una prolongación de lo rústico, de lo incivilizado), en
cualquier caso siempre enclavados en lugares estratégicos para el
control del territorio y la explotación de los recursos.
Todo lo anterior responde a un patrón de gran éxito en el mundo
antiguo: la creación de un sistema jerárquico de asentamientos, en el
que el mayor de ellos (civitas, urbs, oppidum)
controlaba a los núcleos menores y secundarios (alquerías, poblados),
inmersos estos en el mundo rural. Un ejemplo muy claro lo tenemos en
nuestra provincia de Cádiz, en el ámbito cultural turdetano
inmediatamente anterior a la conquista romana. A principios del siglo II
aC., cuando Roma ha vencido a Cartago en la II Guerra Púnica (218-202
aC.) y ha expulsado a los cartagineses de la Península Ibérica, el oppidum
de Hasta Regia (en Mesas de Asta, topónimo identificado por algunos
autores con la mítica Tartesos), ciudad con 42 hectáreas a intramuros,
tenía sometida a una población menor llamada Torre Lascutana:
probablemente un recinto campesino fortificado, en las cercanías de la
actual Alcalá de los Gazules. Los habitantes de este agrupamiento
humano secundario se hallaban en régimen de servidumbre respecto de
Hasta, y no poseían la propiedad de la tierra ni eran dueños de sus
frutos. O dicho de otra forma: contribuían de forma importante a
mantener a los hastenses con sus labores agrícolas y de paso servían
de avanzadilla de sus señores a través de las fértiles vegas y
fecundos montes que les separaban de ellos.
La información sobre esta peculiar relación la encontramos en
el epígrafe en lengua latina más antiguo que se conserva para la Península
Ibérica (hoy día exhibido en el Louvre): el Bronce de Lascuta. En este
documento militar se expone que: “El
general Lucio Emilio, hijo de Lucio, imperator, decretó que de
los siervos de Hasta, aquellos que habitasen en la Torre Lascutana sean
libres, y mando que también pudieran tener y poseer la tierra que en
aquel tiempo poseyesen, mientras el Senado y el Pueblo romano lo
quisieran...” Estamos en el año 189 aC. Un lustro antes Roma ha tenido que afrontar una rebelión generalizada de las ciudades ibéricas sometidas, en las que los núcleos turdetanos (Hasta Regia, Carmo) han jugado un papel director. Dicho epígrafe, pues, sanciona el castigo que le corresponde al perdedor: arrebatarle su territorio y el dominio sobre las aldeas y emplazamientos rústicos que la proveen de recursos.
La ciudad, ya nos lo recuerdan Cicerón o Vitrubio, es el soporte
de la civilización. Pero no todo era ciudad en la época antigua. Si
consideramos que una población de unos 10.000 habitantes (Itálica en
tiempos de Adriano, Pompeya en sus mejores momentos) ya podía ser
considerada, entonces, como una localidad relevante, igualmente hay que
señalar que el hábitat disperso agrupaba a millones de personas en el
Imperio Romano. Es la no-ciudad, que ha destacado el profesor Cristóbal
González Román. Es decir, de la misma forma que la gente vivía en ciudades a la romana, como esa joya arqueológica llamada Baelo Claudia, verdadero privilegio para los gaditanos del presente, también habitaba en aldeas, cortijos, poblados de mayor o menor tamaño y granjas... A veces, un sitio destinado al culto (santuarios, lugares sagrados), o un emplazamiento con facultades para que allí se desarrollaran mercados estacionales o permanentes, generaba con el tiempo un resultado urbano o cuasiurbano. En Baelo, que albergó a 2.000 almas aproximadamente, contemplamos los restos de un teatro excesivamente grande para esa población. O sea, que atendía a las necesidades lúdicas de una población extra, tal vez la suma de los temporeros que acudían a trabajar en la pesca del atún y en la elaboración de salazones y de garum más los habitantes rústicos de las aldeas adyacentes.
Puente
de Baelo
Otro ejemplo al respecto puede ser el misterioso Ceret romano,
Jerez de la Frontera en la actualidad. Hasta la fecha no se han
descubierto estructuras urbanas, ni siquiera arquitectónicas, que nos
hablen de que allí existía una ciudad. Las alusiones de autores como
Colmuela o Marcial sólo hacen referencia al exitoso cultivo de la vid
en la comarca. Sin embargo, algún epígrafe llama nuestra atención
sobre la existencia de magistraturas en el contexto de un municipio...
¿Podría tratarse de otro ejemplo más de ese hábitat disperso,
aglutinado bajo las formas políticas y culturales romanas?
Creo que también es el caso de Mercablum, antigua Conil
de la Frontera, del que tampoco se ha encontrado lo que llamaríamos
“una ciudad”. Los textos clásicos, en cualquier caso, no la
mencionan. Pomponio Mela (Chorografia
II, 95-96), a mediados del siglo I, nos habla de Carteia, Mellaria,
Baelo Claudia, Baesippo, Gades... Plinio el
Viejo, muy poco después, anota los mismos nombres en el libro III de su
Naturalis Historia (1,3 y 11). Una generación antes, Estrabón, en el libro III de
su “Geografía”, no daba noticias positivas al respecto. La única
referencia textual a Mercablum es la que aporta el Itinerario
Antonio, relación de vías del mundo romano de bien entrado el siglo
III, en el que Mercablo es el punto situado a unos 26 kilómetros de Gades
en dirección al Estrecho y anterior a Baesippo, presuntamente Barbate.
Con toda probabilidad, se trata del actual emplazamiento de Conil, o de
algo muy cercano a ésta.
Hilando todos estos topónimos, la Vía Hercúlea, prolongación
costera de la calzada llamada Vía Augusta (que corría paralela por
toda la costa levantinas hasta el sureste, en que se desviaba por el
Valle del Guadalquivir hacia Gades) por el litoral de las
provincias de Cádiz, Málaga, Granada y Almería, daba coherencia a la
romanidad de las ciudades y grupos de habitación gaditanas. Mercablo,
fuera la Cimbi de posible tradición púnica de la que hablan los
textos, ya la Melkart Baelo que señalaba hace años C. Pemán (hipótesis
que me parece algo forzada), se hallaba en la ruta del Itinerario
precisamente. Lo cual no significa que se ubicara justamente al pie de
la calzada. En la trama de caminos pavimentados romanos solían
levantarse instalaciones denominadas mutationes y mansiones,
destinadas principalmente al servicio del cursus publicus (auténtico
poney-express del mundo romano), y que con cierto grado de desarrollo
podían llegar a convertirse en ciudades. Al mismo tiempo, el transporte
de mercancías y de personas encontraba en estos lugares un marco seguro
para el descanso y el avituallamiento. En ese sentido, caminos
secundarios podían unir la ruta principal a los hábitat dispersos de
los que ya hemos hablado.
Quiero decir que entre Gades y la Bahía de Algeciras debía de
existir algo parecido, y en este esquema no todos los centros tendrían
la misma enjundia. Mercablum pudo haber comenzado (como
demuestran algunos vestigios arqueológicos dispersos: vid. una
completa relación en el dossier
Informe sobre los hallazgos arqueológicos de El Pocito Blanco - Conil
de la Frontera (Cádiz)...,
citado en la bibliografía) como factoría dedicada a la
explotación pesquera y luego, con la extensión de la romanidad y el
crecimiento de las comunicaciones terrestres (Vía Hercúlea), haberse
convertido en solar para el encuentro de personas con carácter más o
menos permanente. A falta de lo que aporte la Arqueología en el futuro, y dado que la única fuente en la que aparece el nombre y su ubicación es el Itinerario (un documento tardío) soy de la opinión de que la etimología del topónimo hay que buscarla en el latín. Y en el latín lo más parecido a ese nombre es el adjetivo mercabilis-e, que significa “venal”, “que se puede comprar”. Es decir, que Mercablo pudo haber sido un hábitat más o menos disperso, vinculado a la Vía Hercúlea, en el se daba un punto de reunión para la venta de los ricos excedentes agropecuarios y pesqueros de la zona: salazones, sal, productos del campo y de los bosques, derivados de la cría del ganado, etc. Todo ello favorecido por las comunicaciones naturales que suponían el río Salado y los esteros y marismas que ya nos menciona Estrabón.
Yacimiento arqueológico de El Pocito Blanco
La cercanía de la imponente Vía Hercúlea, con el tránsito de
bienes y personas que implicada y, sobre todo, con las vinculaciones que
creaba con otras civitates, habría favorecido un aumento de la
población en alquerías y villae que, tomadas en su conjunto,
creo que han de ser agrupadas bajo esa genérica denominación de Mercablum.
Esto, que no deja de ser una hipótesis hasta que la disciplina
arqueológica lo confirme, sirve de razonada explicación al hecho de
que, con el tiempo, aquí surja una verdadera ciudad. El yacimiento de la villa de Pocito Blanco, que afloró a la luz en 2004, tendrá mucho que decir al respecto. Y con él todos los descubrimientos que en el futuro, sin duda alguna, iluminarán el pasado romano de Conil. Bien que de momento tenemos lo que tenemos: y todo ello apunta a un agrupamiento de personas que, sin constituir un núcleo urbano, nos ha dejado su eco desde aquellos lejanos días.
Bibliografía -Álvarez Rojas et alii, Baelo Claudia. Guía
del Conjunto Arqueológico, Consejería de Cultura - Junta de
Andalucía (2003). -Corzo Sánchez, R., Las vías
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Journal of Anciente History (1995-1996 [1997], pp. 41-75. -Informe sobre los hallazgos
arqueológicos de El Pocito Blanco - Conil de la Frontera (Cádiz),
Suplemento
al Boletín nº 4 de La Laja, Amigos del Patrimonio Natural y Cultural
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producción de salsas y conservas de pescado en la Hispania romana (sg. II aC.-VI dC.),Barcelona 2001. -Pemán, C., “Los topónimos del extremo sur de
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estudio de las vías romanas en la Península Ibérica, Valladolid 1975. -Sillières, P. Baelo
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