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La
villa de Conil se derrama por la pendiente frente al mar que la
vio nacer. Sus casas blancas se aprietan, apenas contenidas por
las murallas, junto a la Torre de Guzmán. Su historia se nutre de
arenas de almadrabas y jabegueros. Campo y mar alimentan una
población humilde que alcanza los 5579 habitantes, según el
censo de 1900, y aumenta en un millar más a lo largo de veinte años.
Realizar una crónica
de la enseñanza durante el primer tercio del siglo XX en esta
bella localidad es hacerlo de la Primaria, al ser la única
existente en este período.
Es un relato sencillo,
como no podía ser otro, de educación y escuelas, Junta Local de
enseñanza y maestros, personajes anónimos, cotidianos de
nuestra sociedad, que jugaron en su momento una influencia
importante en la vida social y cultural, con una mayor resonancia
en las zonas rurales.
Aun dentro de la
singularidad que cada población puede tener, este estudio es un
exponente más de una situación generalizada de abandono y
desamparo en la que se encontraba la educación Primaria en
nuestro país durante el reinado de Alfonso XIII, que es lo mismo
que decir la enseñanza popular, la única a la que tenían acceso
las clases más humildes. Otros niveles de educación constituían
un coto restringido reservado sólo a los pudientes.
Era una sociedad, en
las zonas rurales, dominada por el caciquismo que controlaba el
poder político local interesado en mantener la situación de
ignorancia y analfabetismo. Pese a voces inconformistas con esta
realidad, buena
voluntad
de inspectores, maestros, miembros de la Junta Local de enseñanza...,
muy poco se puede hacer si no se libran los recursos básicos, si
las necesidades mínimas de alimentación y vivienda no están
cubiertas entre las clases más humildes que sufren un paro
estacional. No es, en definitiva, un problema coyuntural de una
localidad, sino una manifestación de una realidad mucho más
amplia, de una sociedad con graves carencias y desigualdades.
1.
ESCUELAS DE PENITA PENA
En 1843, la Corporación de Conil recibe una Real orden
concediéndole el exconvento de Mínimos para ayuda de la
parroquia (la iglesia), Ayuntamiento y escuela gratuita de párvulos.
Desde mediados del siglo XIX funcionan ya en el pueblo dos
escuelas, de niños y niñas, sin que éstas, en los primeros años
del siglo XX, alcanzaran modificaciones significativas.
La Junta Local de enseñanza,
en 1901, estaba formada en Conil, al igual que en otros pueblos,
por el alcalde, un concejal, el cura párroco, tres padres de
familia y un secretario. Tenía una misión importante de control
y responsabilidad sobre la enseñanza Primaria en la localidad.
La Junta Local de enseñanza
realizó en 1909 una medición de la superficie de los dos locales
destinados a escuelas, una para niños y otra para niñas, cuyo
resultado mostraba que la primera disponía de 76 metros cuadrados
para una asistencia media de 80 alumnos, mientras la segunda
disponía sólo de 62`80 metros para una matrícula media de 130
niñas, éstas últimas, pues, con menos de medio metro cuadrado
cada una. Escuelita unitaria y sobresaturada llevada con heroísmo,
diríamos hoy en día, y resignación por el buen hacer de la
maestra María Paz Ortega y de su auxiliar.
Escuelas que no disponían
de patios de recreo y con unos servicios en muy mal estado. La
necesidad de arreglo había sido denunciada ante la Junta por el
Inspector de Primera Enseñanza un año antes de la medición de
las escuelas, a lo que había respondido un miembro de la misma:
que estaba en el ánimo el realizar dichas obras; sin embargo no
se ejecutaron por "el estado de penuria en que se encuentra el Ayuntamiento".
¿Falta de liquidez
del Ayuntamiento?, ¿falta de interés?, ¿abandono de la enseñanza
por parte del Estado? Nos inclinamos afirmativamente por todas
estas interrogantes. En la visita realizada en 1909, la Junta
estima la necesidad, ya aludida, de arreglos de urinario y retrete
en la escuela de niños y la continuidad en este local al no
encontrarse otro más apropiado, e igualmente sucede en el de niñas
"en razón a no
disponer de otro local que reúna mejores condiciones".
Se plantea como solución alternativa el desdoblamiento de la
escuela de niñas, las mayores darían clase por la mañana y las
más pequeñas por la tarde. Posibilidad que no se lleva en la práctica
a efecto.
A finales de este
mismo año de 1909, el Inspector vuelve a plantear ante la Junta
Local que "las
condiciones higiénicas de los locales dada la elevada matrícula
son impropias para el objeto que se destinan".
Existió un proyecto municipal posterior que planteaba una
alternativa al problema de escolarización y que hubiera paliado
la falta de locales. Pretendía sustituir la escuela de niñas por
la que se pagaba un alquiler de 900 pesetas anuales, y ampliación
de locales en la de niños que se encontraba en el mismo edificio
del Ayuntamiento. Pese al acuerdo de ejecución inmediata a
comienzos de 1912 por la Corporación, con la aprobación del
gobernador civil, no llegó a realizarse.
Desconocemos las
causas de no llevarse a efecto, pues no se registran en las actas,
pero sí los resultados. Influyeron, quizás, los fuertes
temporales que se producen en febrero de ese año y que ocasionan
una serie de gastos extras, o más bien, que el Ayuntamiento fuese
insolvente para una obra de esta magnitud sin un apoyo económico
claro del Estado. El proyecto de escolarización no se lleva a
cabo en el pueblo hasta veinte años después con la proclamación
de la Segunda República. Lo
cierto es que en una nueva visita realizada por el Inspector en
mayo de 1912, éste plantea: "se
interese al Ayuntamiento la realización de las obras necesarias
antes que pueda declararse la calamidad y sea preciso el
desdoblamiento".
En enero de 1917 se
habilitará un nuevo local, igualmente alquilado, para la escuela
de niñas, aunque con el pavimento mal nivelado y con una serie de
arcos sobre gruesas columnas que dificultan la visión. No
obstante, está en buen estado.

Escuela de niños en el edificio
del antiguo convento (Ayuntamiento).
El maestro D. Miguel Álvarez
y sus alumnos en tiempos de la Segunda República.
Extraída de: Conil en la
Memoria.
Sin embargo, en la escuela de niños se duda de la solidez
del edificio. El reconocimiento realizado por el Inspector,
expresa que se "ejerciera
una extremada vigilancia sobre las condiciones de seguridad e
higiene del local de dicha escuela, que se reconociera por
personas peritas o técnicas, haciendo las obras de reparación
que estime necesarios para que pueda tenerse absoluta seguridad de
la solidez del edificio, en evitación de posibles desgracias
siempre lamentables".
La Corporación municipal, ante la necesidad indispensable
de dos escuelas más, una para niños y otra para niñas, expresa
un elocuente lamento sobre la situación educativa del pueblo
"... a fin de remediar
cuanto sea posible con la mayor eficacia y rapidez la incultura de
sus administrados que repercute de manera vergonzosa en todos los
aspectos de la vida local" y en la consideración de que
el pueblo posee sólo dos escuelas para una población escolar de
900 niños, según acreditaba el Certificado del Padrón de
vecinos, con una matrícula que no bajaba de 350 alumnos, quedando
en la calle 500 alumnos que no podían escolarizarse, al no
haber tampoco colegios particulares. Es por ello que solicitaba a
la Dirección General de Primera Enseñanza la creación de dos
escuelas "a fin de
remediar en parte y por el momento el analfabetismo e incultura de
esta villa que clama por centros de enseñanza donde instruir su
numerosa población escolar".
Digamos tan sólo, para concluir, que las tan necesarias
escuelas no se solventaron hasta la llegada de la Segunda
República, sin que haya mejora significativa a finales del primer
cuarto de siglo, a excepción de una escuela municipal de
párvulos que comienza a funcionar en la primavera de 1925 en un
local cedido por la Iglesia.
Sobre las escuelas
privadas o particulares, no tienen regular existencia en
este período, y no son elitistas, al realizarse en la mayoría de
los casos con pocos medios y sin personal titulado. Funcionan
algunos años las "migas", que son casas particulares en
donde se enseñan primeras letras, a los que incluso el alumno se
lleva la silla y la pizarrita con el pizarrín, situación muy
generalizada en España hasta la década de los cincuenta. En
noviembre de 1909 el Inspector cierra las dos existentes: "Carecen
en absoluto de condiciones de salubridad para consentir que
continúen abiertas, pues realmente no son más que las llamadas
migas centros intolerables".
Hay algunas iniciativas discontinuas del párroco de la
localidad que no llegan a cuajar. En 1911 solicita al alcalde
"coopere con alguna
cantidad o prenda de vestir a la caritativa obra de enseñar a los
niños pobres, siquiera lo más necesario de las letras y
religión para así socorrer su doble necesidad física y moral”.
A lo que éste responde que ya el Ayuntamiento se ocupa de ello
"y que no puede
contribuir a sus laudables propósitos por carecer de
consignación presupuestaria". En 1920 comienza
igualmente a funcionar una escuela privada dirigida por el
sacerdote, de escasa continuidad, ya que en 1923 no actúa ningún
colegio particular en la localidad.
En resumen, las escuelas en Conil no dejarán de estar
saturadas y en situación de abandono en todo este período.
Extrapolando una vieja canción a esta realidad educativa,
justificaría los calificativos de penita pena, valga la
redundancia, para describir una situación escolar lamentable y
reiterativa de la que no se llega e emerger. Esta situación es
sólo un espejo del grado de dejadez de la enseñanza Primaria en
toda España, que se acentúa aún más en Andalucía. Situación
escolar que no había mejorado desde mediados del siglo XIX,
incluso podemos pensar que empeoran en el primer cuarto del XX, al
mantenerse los mismos recursos para una población en incremento.
Como botón de muestra de esta realidad más amplia
señalamos algunos ejemplos
recogidos
por el periodista Luis
Bello, quien pretendió denunciar las precarias condiciones
y la falta de escuelas en España, con el fin de crear una
conciencia colectiva que exigiese mejorar esta situación.
Incansable “viajante de escuelas”, así lo presentan en su
primera visita a un pueblo andaluz. Su periplo por tierras
andaluzas, durante el período de la Dictadura de Primo de Rivera,
nos ilustra además sobre las condiciones de vida de nuestros
pueblos, la infancia, y de muchos esforzados maestros, o de los
“enseñaores”, a falta de los primeros, que trasegaban por
cortijos y aldeas.
El cronista de escuelas trató de soslayar la censura de la
Dictadura e inició sus andanzas por la provincia gaditana: “Todo
brilla, refulge y es alegre en Cádiz, menos las escuelas, ¿Qué
han hecho las pobres escuelas para no merecer el cuidado que estas
gentes dedican a sus casas?” Observaciones que se repetían
en otros lugares de Andalucía, al ocupar éstas locales
pequeños, con escasa iluminación y ventilación, muchas veces
alquilados, y, por tanto, no creados para la finalidad que se
utilizan. La colección de lugares utilizados como colegios en la
geografía andaluza es variada y esperpéntica: pósitos, viejos
conventos, almacenes municipales, locales ruinosos…“Estas escuelas son alacenas o calabozos, prisión de maestros, cepo de
muchachos”.
La urgente necesidad de crear escuelas era imperiosa en
lugares como San Fernando. De tres mil quinientos niños en edad
escolar, sólo estaban atendidos 700. En Algeciras, tres escuelas
de niños, una de niñas y otra de párvulos “que
no pasa de ser un zaguán amplio”. Entre todas podrían
admitir quinientos y quedaban sin escuela pública mil
seiscientos. Deficiencia que se suplía parcialmente con las
llamadas “migas” y otros colegios particulares. “Algeciras es uno de los casos más graves, más agudos de abandono e
indiferencia”. Ejemplos similares se podían extraer de
otras provincias españolas, aunque el grado de abandono se
acentúa más en el sur.
2.
ABSENTISMO, SATURACIÓN Y ANALFABETISMO
El nivel de absentismo
escolar es considerable si tomamos para 1923 la población
escolar de 900 niños-as, según se refleja en el padrón
municipal de Conil; el porcentaje de alumnos matriculados es sólo
de un 35%, asistiendo regularmente a clase un 30%.
En la zona rural la tasa de escolarización es bastante
menor que en la ciudad, lo cual es un fenómeno general. Este
distanciamiento está motivado por ocuparse ya desde niños a
faenas agrícolas o marineras que aliviasen la dura situación
familiar y por la consideración de que la enseñanza era más
para los pudientes y no para los pobres. La asistencia escolar en
nuestra tierra en 1930 era inferior a la media nacional,
Andalucía 40'4%; media nacional, 51'2 %.
Sobre el problema del absentismo escolar intentaron los
inspectores espolear la conciencia de los miembros de la Junta
Local en busca de soluciones, incluso se llega a proponer en Conil
crear un Comedor escolar gratuito que hubiese supuesto un
aliciente para las clases más humildes: "... irregular
y deficientísima asistencia de alumnos(...) Es indudable que la
importante villa de Conil llegará bien pronto a la altura de las
más cultas, civilizadas de moral y fé de las provincias
gaditanas y como además del estudio de la localidad se ha llegado
que el abandono considerable de muchos va unida a la carencia de
recursos, se impone si es posible la Cantina escolar para que a la
vez que se forma la cabeza al corazón de los niños indigentes y
desvalidos se lleven glóbulos rojos".

Barrio del Molino de Viento en los años de la
Dictadura de Primo de Rivera. Imagen elocuente
que muestra las carencias del sector más humilde de la
población conileña. Extraída de: Conil en la Memoria.
Tan altisonantes palabras recogen la cruda realidad de una
proporción amplia del pueblo, cuya preocupación esencial era la
consecución de alimentos, siendo la educación, para esta población
más pobre, algo muy secundario, por lo que la propuesta era
bastante acertada. La Corporación, pese al guiño sobre la
grandeza que podía obtener la localidad, por razones que podemos
presuponer con todo lo expuesto, no lleva a cabo dicha iniciativa.
En otras ocasiones la Inspección pide actuación contra
las padres que no llevan sus hijos a la escuela: "Contribuyendo
lamentablemente y fundamentalmente a destruir los efectos
educativos, se procurará aplicar severo rigor contra los padres
morosos en la instrucción de sus hijos". Como el
absentismo escolar es mayor en la población masculina, intenta
igualmente incidir la Inspección sobre este factor, aunque con
tintes claramente machistas: "dando
impulso a la enseñanza de los niños que es la base de la
prosperidad de los pueblos".
El problema del absentismo tiene difícil solución
aisladamente al estar ligado a unas condiciones socioeconómicas
ínfimas y a un caciquismo local poco interesado en mejorar las
condiciones educativas, pero si a ello se suman las circunstancias
de saturación por
falta
de escuelas, da lugar a una situación paradójica, en la que
resolver este problema con estos factores adversos es como
pretender plantar con las raíces hacia arriba.
Para resolver la saturación,
la Inspección plantea, en varias ocasiones, la necesidad del
desdoblamiento, sobre todo en la escuela de niñas, dada su mayor
asistencia.
Este problema se acentúa aún más en los años veinte
debido al incremento de la población. El maestro de la localidad,
Rafael Barbudo, expresa que los alumnos "carecen de asiento y
material adecuado después de utilizar el ya desechado como
inservible". Es decir, a las insuficiencias del local se unen
las carencias del mobiliario escolar.
Con el incremento de la población, la saturación desborda
aún más en los últimos años de este primer cuarto de siglo,
por lo que se crea una lista de espera, dada la falta de espacio,
con el fin de cubrir las bajas forzosas producidas por el mal
comportamiento de los alumnos o por cualquier otra causa. En 1925,
la Junta Local acuerda la expulsión automática de alumnos una
vez agotadas las faltas de asistencia y de puntualidad
reglamentarias, dando cuenta a la alcaldía solamente de las
vacantes producidas para que fuesen cubiertas por otras.
Los datos del elevado grado de absentismo y al mismo tiempo
saturación escolar, están íntimamente ligados al problema del analfabetismo,
al existir una directa correlación entre tasas de escolarización
y porcentajes de analfabetos.
En 1917, a una concurrencia de exámenes en la escuela de
niños, con el Inspector presente, asistieron sólo treinta
niños. Ante este hecho éste manifiesta: "Es un desgraciado todo pueblo analfabeto, cáncer que nos aqueja y que
debemos extirpar a toda costa". En 1900, un 86% de la
población conileña era analfabeta, y en 1930 un 74%, que
abarcaba prácticamente la totalidad de las clases más indigentes
formadas por jornaleros agrícolas y pescadores pobres, estrato
más humilde que se aproximaba a esta proporción.
Para paliar el problema, funcionaron en Conil, al igual que
en otros lugares, las escuelas de adultos, llevadas por los
maestros de la localidad, aunque con escasa incidencia real. En
1903 comenzaron las clases para mayores, que registran un abandono
progresivo. Las referencias sobre la enseñanza de adultos en la
Junta Local son mínimas, en las sesiones de la Corporación
municipal aparece puntualmente la consignación de gastos de
alumbrado para estas clases, desarrolladas primero por la maestra
y posteriormente por los maestros.
Podemos deducir que se mantuvieron durante este período,
con escasa atención por parte de las autoridades locales, y
también escasa asistencia, aunque desconocemos el número exacto.
Sí sabemos que se incrementaron en el período de la Segunda
República con tres clases de adultos a una media de 30 alumnos.
3.
EPIDEMIAS, PÓSITO PESCADOR DE CONIL Y CONCLUSIONES FINALES
Como aspecto curioso de la vida escolar en estos años,
pero importante en la época, es la incidencia de epidemias,
aunque ya afortunadamente los avances médicos habían desterrado
la temible peste bubónica, y remitía el cólera, tras el
descubrimiento de su vacuna.
A finales del curso de 1911 hubo que clausurar las escuelas
por una epidemia de viruela, sin que se pudieran celebrar los
exámenes ni fiestas escolares de fin de curso. En julio fueron
aprobadas por el Ayuntamiento las medidas higiénicas y de
desinfección propuestas por la Junta Municipal de Sanidad a fin
de evitar el desarrollo de las enfermedades epidémicas y poder
prevenir "contra el cólera morbo asiático que tan de cerca nos amenaza".
Aún en septiembre se continúa con el brote de viruelas,
por lo que se mantiene la clausura de los colegios "hasta
tanto se domine la epidemia y pueda responderse del aislamiento de
los enfermos" al ser las escuelas centros de
propagación.
Esta misma circunstancia ocurre en 1924, en la que se
cierran las escuelas en septiembre durante un par de meses,
transcurridos los cuales se abre un nuevo plazo de matriculación,
procediendo el médico, Inspector municipal de sanidad, a un
reconocimiento general de todos los niños, rechazando al que no
estuviese vacunado, y acordándose, desde entonces, como era
reglamentario, que no se admitiese ningún alumno sin la
certificación de vacunación.

Grupo de niños en la Plaza de
España hacia 1919. Extraída de: Conil
en la Memoria.
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