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Las
casas, las Iglesias, las murallas, las torres, los arcos, las calles,
las plazas... son historia viva. No sólo los libros, los anales que
escribieron nuestros antepasados son historia, también ellos
escribieron a través de los siglos en las edificaciones que realizaron.
Destruir
un lienzo de muralla es quemar los archivos de piedra de la Villa,
arrasar un edifico emblemático es una salvajada, como quien
quema un codicilo de siglos
atrás o un incunable. Madrid
tiene su historia con sus palacios y
monumentos, Conil tiene la suya con sus
significativos edificios y con su arquitectura popular, herencia
de siglos, libro escrito piedra a
piedra por los abuelos,
bisabuelos y tartarabuelos. Se pueden escribir otros libros, de
ladrillo, cuantos se quieran, ¡será por sitio!, lo que se quiera, pero
no hay necesariamente que
escribir en el mismo libro, en las mismas páginas que escribieron los
antepasados conileños. Hacer
lo contrario sin ton ni son, es incultura, es un pecado imperdonable que
generaciones venideras, que por fuerza han de ser mas cultas, criticarán
y llorarán por la riqueza perdida.
Hay un lema muy fácil
de entender y de aplicar, que al menos preservemos lo que milagrosamente
ha llegado hasta nosotros. La
arquitectura es una de las llamadas
Bellas Artes. Puede ser bello un edificio, puede ser bella una
ciudad, un pueblo. Conil lo es, a pesar de todo. Contemplado desde la
llanuras del Palmar o desde
el mar, se derrama desde la loma hacia la orilla, como si manara allá
arriba de los brocales de los pozos de las huertas la blancura y se
enredara entre calles y pretiles, hasta la arena de la playa, hasta el río
Salado. Pero... "me lo están matando", es un decir, me lo están
matando con la uniformidad de los apartamentos y con el amarillo de sus
fachadas, que rompe la semblanza, la estampa de Conil. Parece que el
avance, el progreso debe quedar enfrentado con el respeto y el cuidado
de las imágenes tradicionales. ¡Qué manía con el
amarillo o con el marfil! Voy a odiar el amarillo, con lo hermoso
que es para el trigo, para el Cádiz C. F., para los girasoles y para el
oro. Pero ¿porqué esa manía de pintar de amarillo, en vez del
blanco?, ¿Porqué,
porqué y porqué? ¿Qué
más le da a los arquitectos, a los constructores? Alguien decía que
era para evitar la suciedad, para evitar el polvo (??). Tres
premisas antes de seguir. Primera, que mis comentarios, crítica o
alabanza están guiados por mi afecto y cariño hacia Conil y que vienen
de lejos. No me podrán decir o no me deben decir "¿a qué viene
uno de Vejer a poner faltas?". Desde
hace muchos años ya, cuando veníamos a bañarnos
(vestuario el Pasaje) y
a través de diversas motivaciones y proyectos he vivido intensamente
las peripecias de este pueblo hermano.
Por
tanto son ideas encaminadas a, según mi opinión, buscar lo mejor,
desbaratar lo que lo afea y resaltar lo escondido y de valor. Lo ideal
sería que estas u otras ideas positivas nacieran y se entendieran
despolitizadas en el amplio sentido de la palabra, para así ser mejor
asimiladas como propias por el Ayuntamiento y los demás organismos
correspondientes. Segunda,
que no hay que ser
arquitecto, premio Pritker (Nobel
de la arquitectura), ni un genio de la pintura o un doctor en
paisajismos, para poder opinar. Nadie puede sentar cátedra, ni tampoco
excluir a otros con sus comentarios. Porque sencillamente el gusto, la
sensibilidad no se aprende ni en la Universidad. Quizás vaya más con
el conocimiento de muchos pueblos y paisajes, para llegar a comprender
lo que pega y lo que no pega, lo que es propio de un lugar y lo que
desentona y chirría. Y por supuesto que yo puedo ser el primer equivocado, pero se puede terciar o calcular por donde brujulea la verdad, iniciando una encuesta entre pintores, literatos, escultores, poetas, gente que se dedica al arte, que, me imagino, algo sabrán y al menos no opinaran so pretexto de sus intereses comerciales o económicos.
Tercera,
existe una pugna o debate entre conservación e innovación, o entre
historicistas y modernitas. Para entenderlo, o conservar Conil a
semejanza de todo su antiguo casco histórico
o lanzarse a todo lo moderno e innovador. Creo sinceramente
que ni lo uno ni lo otro. Es mejor conservar lo antiguo y que el
resto, las crecidas, sean modernas pero respetuosas con lo antiguo,
sobre todo en perspectivas y en color, para mantener la configuración
del pueblo y su idiosincrasia. Eso de alegar, cuando se construye un
edificio modernista en el centro viejo del pueblo, que es como el Centro
Pompidou de Paris o el Guggenheim
de Bilbao, es pasarse. Y en
todo caso no hay que ser tan orgulloso ni pretencioso para querer
enmendar la plana a tantas generaciones que poco a poco, siglo a siglo,
han ido construyendo el pueblo a la manera de como se forma un cristal
en las profundidades de una
cueva, con los minerales y el agua que pululan en sus profundidades, la
concentración y la calma
que da el tiempo. Hay
que comprender que toda arquitectura tradicional tiene sus razones y no
es mero capricho de nuestros abuelos. Por ejemplo, el color blanco es
propio de nuestro entorno y característico,
porque el blanco protege más del Sol y de las calores.
De ahí "los pueblos blancos de Andalucía". Razón de
más, si cabe, para no usar el rojo en las lechadas de las azoteas,
costumbre incomprensible que se está extendiendo últimamente en demasía,
so pretexto de que el rojo es mejor
(???? ). O el negro
de los cables de luz y teléfono, que tan chocantes son y que justifican
diciendo que así la corriente eléctrica se propaga mejor
(también ???? ). Así que blanco para nuestra latitud y ya,
por Sevilla, empiecen los ocres
y por Castilla y el Norte la piedra, el ladrillo visto y los
adustos grises. Viajemos, viajemos y veremos como los pueblos y ciudades cultos
protegen sus recintos históricos y los reconstruyen incluso después de
los estragos de las guerras. Y afortunadamente, también en España,
y al mismo tiempo se reivindican restaurándolas las antiguas
reliquias del pasado, templos, mansiones, castillos, murallas... Es
incomprensible querer uniformar
toda la Tierra, todas las ciudades en todos los países, con los
mismos edificios. Que una calle sea igual en Singapur,
Filadelfia, Leningrado, Caracas o Cádiz, todas clonadas, es una
barbaridad y una simpleza. Es vestir
a toda la humanidad con la vulgaridad
(común o general, que no tiene especial particular, que carece
de novedad e importancia arquitectónica), como por ejemplo la Avenida
Ana de Villa, a la entrada
de Cádiz, que en todas partes existe una igual. Distinguiría en Conil tres apartados, mejor cuatro. Uno el Casco
antiguo, las calles que
estarían dentro de su recinto amurallado y las que se añadieron a sus
lienzos posteriormente. Pueblo humilde, sin grandes palacios ni
mansiones, pero con un encanto y singularidad maravillosa. Segundo, las
gemaciones habidas alrededor de este núcleo, construcciones a go-gó,
crecidas al amparo de la anarquía y como consecuencia de la necesidad
de una vivienda, para quienes habían vivido en la degradante y
humillante estrechez de un cuartito con servicio de cocina y retrete común
con otros vecinos en el patio. Tercero, el enjambre de apartamentos, bloques, chalets adosados y
compañía que van rodeando y abrazando la población. Por último y
cuarto, los edificios singulares, reseña de su historia y de su
cultura. Como es lógico, aquí si que habría que ser técnico ad hoc,
para poder realizar un estudio serio, profundo y pormenorizado. Pero no
obsta para que, a guisa de como si fuera un turista que pasea, discurre,
contempla y fotografía sus calles, diga
a mi acompañante, el papel, lo que se me ocurre.
El Conil antiguo conserva poco, pero conserva en
algunas casas sus gracias y el bello intríngulis de nuestra
arquitectura tradicional. Sus ventanas medidas por varas, sus puertas,
sus patios, sus graciosos arcos, sus patinillos... Es cuestión de que
sus propios moradores se den cuenta y se sensibilicen de lo que tienen.
Y no osen tirar unos arcos de piedra y corredor con vigas de madera y
alfarjías, para sustituirlos con un forjado de vigas de hormigón. Es
como si un vecino le cambia a
un vendedor o anticuario callejero
(que no ha sido la primera vez que ha ocurrido) un viejo lienzo
heredado de su bisabuelo por una moderna litografía de la Virgen de
Lourdes de plástico y con purpurinas. Nadie nace sabiendo y un conileño,
por razón de oficio, puede ser un lince, un sabio para pescar
sardinas de media playa, como mi inolvidable amigo Bartolo y, en
algún caso, no saber leer y por ende entender cuanto vale el viejo pozo
de cal de su patio. Será cuestión de quien proceda, que todo no va a
ser enseñar ingles, gramática y flamenco. Segundo capítulo, los añadidos. "Lo hecho, hecho está",
dice la gente, y no le
falta razón ya que fue hecho por pura necesidad. Pero eso no obsta,
para que se pueda mejorar y naturalmente deben ser orientaciones y
sugerencias hechas y dirigidas por expertos. Que bien pudiera ser objeto
de una campaña educativa y orientativa. Y aquí sí hace falta, mucha
falta, que los moradores de las viviendas se convenzan y conciencien. ¡Bueno!,
pues aquí está, para mí, lo mas feo de Conil, los ZÓCALOS. Hay un
verdadero muestrario de clases, modelos, texturas, colores, todo lo más
extraño, incongruente y desabrido. Repellados de cemento, tirolesas, piedras, dibujos, losas, mosaicos. Azules, celestes, rojos, verdes, morados, amarillos, ocres, grises y hasta negros. Altos, bajos, escalonados, regulares, irregulares... Hay para escoger.
Muchos, aprovechando los restos de solerías de las viviendas y aún
peor los restos de alicatados de los cuartos de baño.
¿Razón de los zócalos? ¿Belleza?, ninguna, al contrario, una
fealdad para la casa. ¿Protección?, despreciable. ¿Salvaguarda de la
lluvia?; sería como ponerse unas polainas de plástico chillón sobre
un terno el día de la Patrona para pasear por el pueblo. Para mí no hay cosa que más dañe a la fisonomía de Conil,
urbanísticamente, que esa caterva de zócalos. Los quitaría todos y hasta de balde. Mejor
dicho, convencería a todas las conileñas y conileños de que los
quitaran, por amor a su pueblo, y que las paredes de sus casas quedaran
blancas hasta la acera, ¡como Dios manda!, y como ha sido siempre.
Nadie tiene culpa de ello, porque no se lo han enseñado. Y que
desparezca de su callejero esa horrible algarabía en la que parecen
pujar unos y otros, a ver cual es más extraño y feo. Mención especial para los cables. Hay una algarabía de cables
por todas partes, que si bien son necesarios para el suministro de energía
eléctrica y teléfono, no estaría nada mal que cuidaran algo sus
trazados y sus exageraciones. Y por supuesto, al menos, en los edificios
singulares, cuyas fachadas debieran estar limpias y el cableado
enterrado. Clama al cielo
el singular edificio de la Casa del Corregidor con esa verdadera jungla
de cables que lo abraza. Tercer apartado, los bloques que crecen alrededor del pueblo.
Consignar al paso que, en
el urbanismo conileño, uno de los mayores logros ha sido la ronda de
circunvalación con la arboleda. Añadiría sobre los bloques las ideas
ya apuntadas, de conservar el color blanco, no permitir que
queden de ladrillo salteado y sin repellar los huecos, futuros escaparates, así
como las medianeras y que los grandes cuerpos queden
"graciosamente" descolocados o
macleados para
evitar el impacto de esos monstruos paralepípedos. Entiendo que se podría
jugar con sus volúmenes
de forma que no hirieran el entorno general. Y por supuesto que esto de
los grandes cubos es
singularmente evidente y estridente en el interior del pueblo. Se sabe
que esto no se hace en casi ningún
sitio, pero ahí está el mérito y el objetivo de lograr algo encomiable para Conil. Por último, los edificios singulares: el
molino viejo, conservado entre los pisos nuevos, la Parroquia de
Santa Catalina, un regalo
que no la cubrieran de casas por poniente, la vieja Iglesia de Santa
Catalina, restaurándose, el Arco de la Villa, la Puerta de Cádiz, la
emblemática Torre de Guzmán, la casa "del Peoro", la
referida Casa del Corregidor y la Iglesia de la Misericordia con su
Colegio adjunto, que me encanta. Para mí es de los edificios más bellos de Andalucía. Habrá
muchos y más valiosos, pero éste con su sencillez, su elegancia y su
vistosidad es una maravilla. Por lo pronto ¿porqué no cambiar el
aparcamiento de coches de acera, para que en vez de estar en su fachada
estuviesen enfrente? Y si
fuera posible, limpiar sus fachadas laterales de los edificios que lo
tapan, que a decir verdad son poco significativos y se daría una buena
prestancia a nuestro Conjunto,
sobre todo quitar el como
almacén existente cara poniente hacia el Arco de la Villa Y como despedida, un saludo desde la vieja Cruz, la "Cruz
Moreno", a la salida del pueblo camino de la Casa de Postas, en el
margen izquierdo.
Es elegante y
preciosa. Debería estar rodeada de ...,
no sé, algo que la señalara como un hito especial para quienes
vienen y quienes se van de Conil.
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